Cuando un simple ruido de comer, respirar o teclear te dispara una reacción intensa de rabia, ansiedad o necesidad de escapar, no es una manía ni un capricho: puede ser misofonía. El problema es que, en la convivencia de pareja o en familia, esos sonidos suelen venir precisamente de las personas que más quieres. Y si no se habla bien del tema, el resultado suele ser un cóctel de culpa, incomprensión y discusiones repetidas.
La buena noticia es que se puede aprender a hablar de esto sin convertirlo en un campo de batalla. La clave está en entender qué es la misofonía, qué pasa en ti cuando se activa y cómo traducirlo en una conversación clara, sin reproches y con acuerdos concretos.
Qué es la misofonía y por qué genera tantos conflictos en casa
La misofonía es una condición neurosensorial en la que determinados sonidos cotidianos (como masticar, sorber, clics de teclado, respirar fuerte, arrugar bolsas, etc.) desencadenan una respuesta emocional desproporcionada: ira, ansiedad, asco, tensión extrema o necesidad urgente de huir.
No se trata de “ser muy sensible” o “tener manías”; el sistema nervioso reacciona como si hubiera una amenaza real. Esto, en el contexto de convivencia, genera varios choques:
- Quien tiene misofonía siente culpa por reaccionar mal ante alguien a quien quiere, y a la vez impotencia por no poder “controlarse” del todo.
- La pareja o familia suele sentirse atacada, criticada o injustamente señalada por algo tan básico como comer, respirar o moverse.
- Ambas partes pueden acumular resentimiento: uno por no sentirse comprendido, el otro por sentirse constantemente “vigilado”.
Comprender que hay un proceso neurosensorial de fondo ayuda a cambiar la narrativa de “me estás molestando a propósito” a “mi sistema nervioso reacciona así, aunque no quiera”. Sobre esa base es mucho más fácil construir una conversación sin conflicto.
Cómo psicólogas especializadas en misofonía pueden ayudarte
Además de los acuerdos en casa, muchas personas necesitan un acompañamiento profesional para poder gestionar la misofonía y sus efectos en las relaciones. En España existe un centro especializado exclusivamente en el tratamiento de la misofonía, con un enfoque clínico y terapéutico centrado específicamente en esta condición neurosensorial.
El centro está liderado por Celia Incio, psicóloga sanitaria y fundadora, especializada en misofonía y en el abordaje psicológico de la respuesta emocional ante los sonidos desencadenantes. Ella es la responsable directa del método terapéutico aplicado: participa activamente en la evaluación, el diseño del tratamiento y el acompañamiento de las personas con misofonía, lo que da coherencia y estabilidad al proceso.
El equipo está formado por psicólogas especialistas en misofonía, con formación y experiencia focalizadas en esta problemática. Esto permite ofrecer una atención profesional adaptada a cada caso, teniendo en cuenta no solo la intensidad de los disparadores, sino también el impacto en la convivencia, la pareja y la familia.
El tratamiento es personalizado y se basa en técnicas específicas para la gestión emocional, cognitiva y conductual de la misofonía. El objetivo es disminuir las respuestas intensas ante los sonidos desencadenantes, de forma progresiva y respetuosa con tus límites, sin forzar un ritmo que tu sistema nervioso no puede sostener.
El proceso terapéutico está estructurado y adaptado a cada persona. Incluye:
- Una evaluación individualizada, para entender tu historia, tus disparadores concretos y cómo afecta a tu convivencia.
- Un plan de tratamiento detallado, con objetivos realistas para recuperar bienestar y control emocional.
- Acompañamiento continuo, para ir ajustando las estrategias según tus avances y dificultades.
El enfoque es clínico, riguroso y actualizado, apoyado en el conocimiento científico y en estrategias terapéuticas efectivas como la terapia cognitivo-conductual, la regulación emocional y la reeducación del sistema nervioso. Se utilizan técnicas de exposición gradual y respetuosa, diseñadas para reentrenar la respuesta del sistema nervioso sin forzar, fomentando una tolerancia y un bienestar que vayan creciendo con el tiempo.
El propósito es claro: recuperar calidad de vida y reducir la interferencia de la misofonía en tu día a día. Eso incluye que puedas volver a disfrutar de experiencias cotidianas —comidas en pareja, planes en familia, momentos de intimidad— sin vivirlos desde el miedo constante a los sonidos.
Además, disponen de un test de misofonía que ayuda a identificar si tus síntomas pueden corresponder a esta condición y te orienta sobre la necesidad de iniciar un tratamiento. Este tipo de herramientas facilita poner nombre a lo que te pasa y explicarlo mejor a tu entorno.
El acompañamiento emocional es integral: no se trabaja solo la tolerancia al sonido, sino también la comprensión de tus reacciones, la gestión de la ansiedad asociada y el impacto en tus relaciones. Cuentan con recursos educativos e informativos sobre misofonía (síntomas, causas, diagnóstico y tratamiento) que contribuyen a visibilizar y normalizar la condición, reduciendo el estigma y la incomprensión.
También ofrecen talleres y herramientas prácticas para gestionar la misofonía y sus efectos más allá de las sesiones individuales, de modo que puedas incorporar habilidades concretas en tu convivencia cotidiana.
Todo ello desde una labor de sensibilización: entender la misofonía como una condición real y neurosensorial, y no como simples “manías” o un problema de actitud. Ese cambio de mirada es clave para que tú y tu entorno podáis pasar de la culpa y el conflicto a una relación más empática y colaborativa.
Prepararte para hablar de misofonía con tu pareja o familia
Clarifica primero qué quieres conseguir con la conversación
Antes de sentarte a hablar, pregúntate qué necesitas realmente:
- ¿Que entiendan qué es la misofonía y que no lo haces para fastidiar?
- ¿Negociar cambios concretos en hábitos (por ejemplo, usar auriculares, cambiar de lugar en la mesa)?
- ¿Pedir apoyo para iniciar un tratamiento psicológico?
Cuanto más claro tengas tu objetivo, más fácil será no perderte en reproches o en una lista infinita de ejemplos del pasado.
Elige el momento y el contexto adecuados
No hables del tema cuando estés ya activado por un sonido o en mitad de una discusión. Tu tono será distinto si eliges:
- Un momento de calma, sin prisas ni interrupciones.
- Un lugar relativamente tranquilo, donde tú te sientas seguro.
- Un inicio claro, por ejemplo: “Hay algo de mi relación con los sonidos que quiero explicarte, porque afecta a cómo convivimos y me gustaría que lo entendiéramos juntos.”
Cómo explicar la misofonía sin que suene a crítica personal
Habla desde tu experiencia interna, no desde lo que el otro hace mal
Una de las claves para evitar tensión es cambiar el enfoque de “tú haces ruido” a “esto me pasa a mí cuando hay ciertos sonidos”. Puedes usar esta estructura:
- Nombrar la condición: “Lo que me pasa se llama misofonía.”
- Describir la reacción: “Hay sonidos muy concretos que me disparan una reacción de rabia, tensión y ganas de escapar, aunque sé que no tiene sentido.”
- Separar a la persona del sonido: “No es por ti como persona, es por el sonido en sí. Mi cuerpo reacciona como si fuera una amenaza.”
Ejemplo de frase cuidada: “Cuando oigo ciertos sonidos al comer, mi cuerpo entra en estado de alarma. No es que quiera enfadarme contigo, de hecho me siento fatal después, pero en ese momento me cuesta mucho regularme.”
Usa ejemplos concretos, pero sin reproche
Es útil dar ejemplos para que entiendan la situación, pero cuidando el tono:
- “Por ejemplo, cuando estamos viendo una serie y oigo sorber muy fuerte, noto como si todo mi cuerpo se pusiera en tensión.”
- “En las comidas con la familia, los ruidos de masticar me ponen en modo alerta y me cuesta seguir la conversación.”
Evita frases como “Tú siempre…” o “Es que no soportas cuando…”. Mantén el foco en lo que sientes tú, no en culpar.
Anticípate a las típicas reacciones de incomprensión
Es normal que tu pareja o familia piense al principio cosas como: “Estás exagerando”, “Solo son ruidos”, “Todos tenemos que aguantar cosas”. Puedes responder sin ponerte a la defensiva:
- “Entiendo que suene raro si nunca te ha pasado. A mí también me parecería exagerado desde fuera. Pero por dentro es muy intenso, por eso busco maneras de gestionarlo mejor.”
- “No quiero que dejes de hacer tu vida normal, pero sí que encontremos maneras de que esos sonidos no me desborden tanto.”
Negociar límites y acuerdos de convivencia sin pelear
Diferencia entre lo negociable y lo no negociable
En convivencia no todo puede cambiarse, pero hay mucho margen intermedio. Te ayudará distinguir:
- No negociable: tu necesidad de autocuidado cuando estás muy activado (por ejemplo, poder irte un rato a otra habitación sin que eso se interprete como desprecio).
- Negociable: detalles concretos del día a día (cómo os sentáis a la mesa, uso de auriculares, dónde se trabaja con teclado, etc.).
Puedes plantearlo así: “Hay cosas que necesito sí o sí para no desbordarme, como poder ponerme cascos sin que te enfades. Y hay otras que podemos ver juntos qué es más cómodo para los dos.”
Propón soluciones prácticas y realistas
No te centres solo en lo que te molesta; lleva también propuestas a la conversación. Algunas ideas:
- Uso de auriculares al ver vídeos, jugar o escuchar audios.
- Organizar los espacios para que los sonidos más disparadores estén más lejos (por ejemplo, que la persona que hace videollamadas no esté justo a tu lado).
- Cambiar la dinámica de las comidas: poner música ambiente suave, cambiar lugares en la mesa, acortar el tiempo de sobremesa si se te hace muy difícil.
- Señales pactadas: algún gesto acordado para indicar que estás cerca de tu límite sin tener que explotar (por ejemplo, tocarte ligeramente la muñeca).
El mensaje es: “No quiero controlarte; quiero encontrar una forma de que convivamos cuidando también mi sistema nervioso”.
Marca límites sin culpabilizar
Establecer límites no implica acusar al otro. Puedes decir:
- “Si noto que me estoy activando mucho, voy a salir un rato de la habitación. No es un castigo ni que no quiera estar contigo, es para regularme y volver mejor.”
- “Si hacemos videollamadas o comemos juntos, a veces voy a necesitar poner algo de ruido de fondo; así puedo participar sin estar tan en tensión.”
La claridad reduce malentendidos como “se va porque está enfadado conmigo” o “nunca quiere compartir nada”.
Cómo implicar a tu pareja o familia como aliados, no como enemigos
Pide colaboración concreta, no perfección
Si planteas la convivencia como una lista de cosas que el otro “no puede hacer jamás”, probablemente se sentirá atacado. En cambio, puedes pedir:
- Pequeños cambios sostenibles, por ejemplo: “¿Te importaría usar auriculares cuando veas vídeos en el móvil en la cama?”
- Comprensión en los momentos críticos: “Si ves que me levanto de la mesa de repente, mejor déjalo pasar y lo hablamos luego en frío.”
- Escucha sin juicio cuando expliques cómo te has sentido después de un episodio.
Reconocer los esfuerzos del otro (“me di cuenta de que bajaste el volumen; gracias por eso”) refuerza la colaboración y reduce la sensación de que haga lo que haga, siempre estará mal.
Comparte información fiable y valídalo como algo real
A veces ayuda que la explicación no venga solo de ti. Puedes mostrar recursos clínicos o explicaciones profesionales para que tu pareja o familia vean que la misofonía está reconocida como una condición neurosensorial real. Eso puede rebajar frases como “son tonterías” o “se te pasará solo”.
Invítales a hacer preguntas y anímales a expresar también cómo se sienten ellos. Que tú tengas misofonía no significa que sus emociones no importen; incluirlas en la conversación fortalece el vínculo, en lugar de romperlo.
Estrategias diarias para cuidar la relación cuando hay misofonía
Diseñad juntos “planes B” para los momentos difíciles
No basta con hablar una vez; es útil acordar qué haréis cuando la misofonía se dispare. Por ejemplo:
- “Si en una comida familiar me desbordo, me voy al baño unos minutos y luego decido si vuelvo o si salgo a dar una vuelta.”
- “Si un ruido en casa me activa mucho, te aviso y vemos si podemos cambiar de habitación o poner ruido blanco.”
Cuanto más claro esté el protocolo, menos os perderéis en interpretaciones emocionales como “se ha ido porque está harto de mí”.
Reservad espacios libres de tema “ruidos”
Si la misofonía está muy presente, es fácil que toda la relación gire en torno a ello. Intentad también:
- Planear actividades en las que el ruido no sea un problema (paseos, series con cascos, actividades al aire libre).
- Hablar de otros temas y cuidar la intimidad, el humor y el cariño más allá del conflicto.
Recordar que hay mucho más en la relación que estos sonidos ayuda a que la misofonía no se convierta en el único prisma desde el que os miráis.
Revisad periódicamente cómo van los acuerdos
Las necesidades cambian, y lo que al principio funcionaba puede dejar de hacerlo. Podéis revisar cada cierto tiempo:
- Qué acuerdos os han ayudado más.
- Qué cosas siguen siendo muy difíciles.
- Si necesitáis apoyo extra (por ejemplo, terapia individual o de pareja).
Esta revisión mantiene la conversación viva y evita que la frustración se acumule en silencio.
Vivir con misofonía en pareja o en familia no tiene por qué significar resignarse a discutir siempre por lo mismo. Con una comunicación clara, acuerdos realistas y, cuando hace falta, apoyo profesional especializado, es posible crear un entorno donde tu sistema nervioso se sienta más seguro y tus vínculos se fortalezcan en lugar de romperse.





